La escena es sencilla, una caña de bambú, una sable y dos personas. La primera llega rodeada de expectación. Parece el elegido. Tiene el CV perfecto, el discurso correcto y esa especie de aura corporativa que hace que algunos ya hayan decidido que representa el futuro. Le entregan el sable y todos esperan el resultado que no es otro que el bambú caiga y la apuesta quede justificada.
Pero el bambú no cae, lo intenta una vez, después otra, cambia el ángulo, aprieta más y vuelve a probar. La intención está ahí, eso no se discute. El esfuerzo también. Sin embargo el problema es que la herramienta no entiende de intenciones y el bambú tampoco. La teoría se encuentra con la realidad y la realidad no siempre colabora. El resultado no llega y el sable sufre las terribles consecuencias.
Mientras tanto, hay otra persona observando. No hace ruido. No necesita explicar lo que sabe ni adornarlo con palabras de moda, simplemente mira con esa calma incómoda de quien ya ha visto algo parecido demasiadas veces. Porque hay cosas que no se aprenden leyendo como se hacen hay cosas que se aprenden haciéndolas, corrigiendo y repitiendo durante años.
Alguien toma la decisión incómoda, llamar al que parecía que ya no hacía falta, al senior, al que algunos colocaban fuera del plano, al discreto, pero que empezaba a resultar incómodo por una razón absurda y frecuente tener demasiada experiencia en un entorno obsesionado con aparentar renovación.
Toma el sable , lo endereza y avanza hacia el mismo bambú. Y entonces ocurre algo poco espectacular, pero eficaz, sabe lo que está haciendo. No hay épica y discurso, no hay magia, hay oficio. Cada movimiento, cada corte llega dónde tiene que llegar y el bambú cae con una naturalidad que deja claro que el problema nunca fue el sable, sino quien la estaba utilizando.
Y conviene aclararlo esto no va de jóvenes contra mayores. Todos hemos sido juniors y todos hemos necesitado una oportunidad. Va de la torpeza de algunas empresas al confundir potencial con capacidad demostrada, formación con oficio y juventud con talento automático. Incorporar gente nueva es necesario. Despreciar a quien ya sabe resolver problemas es menos inteligente.
Porque la experiencia no suele quedar tan bonita en una presentación. No brilla tanto en una entrevista. No viene envuelta en palabras modernas. Pero cuando el bambú no se corta, cuando el sable no se sabe utilizar y cuando el resultado importa, suele pasar algo curioso, terminan llamando a quien ya sabían que sabía hacerlo.Y que siempre sigue dispuesto a ayudar.
Al final, el bambú separa muy bien las expectativas de la realidad. Y la realidad no pregunta cuantos títulos tienes. Pregunta cuántas veces has hecho el trabajo cuando hacerlo bien importaba de verdad.
Feliz semana
Pero el bambú no cae, lo intenta una vez, después otra, cambia el ángulo, aprieta más y vuelve a probar. La intención está ahí, eso no se discute. El esfuerzo también. Sin embargo el problema es que la herramienta no entiende de intenciones y el bambú tampoco. La teoría se encuentra con la realidad y la realidad no siempre colabora. El resultado no llega y el sable sufre las terribles consecuencias.
Mientras tanto, hay otra persona observando. No hace ruido. No necesita explicar lo que sabe ni adornarlo con palabras de moda, simplemente mira con esa calma incómoda de quien ya ha visto algo parecido demasiadas veces. Porque hay cosas que no se aprenden leyendo como se hacen hay cosas que se aprenden haciéndolas, corrigiendo y repitiendo durante años.
Alguien toma la decisión incómoda, llamar al que parecía que ya no hacía falta, al senior, al que algunos colocaban fuera del plano, al discreto, pero que empezaba a resultar incómodo por una razón absurda y frecuente tener demasiada experiencia en un entorno obsesionado con aparentar renovación.
Toma el sable , lo endereza y avanza hacia el mismo bambú. Y entonces ocurre algo poco espectacular, pero eficaz, sabe lo que está haciendo. No hay épica y discurso, no hay magia, hay oficio. Cada movimiento, cada corte llega dónde tiene que llegar y el bambú cae con una naturalidad que deja claro que el problema nunca fue el sable, sino quien la estaba utilizando.
Y conviene aclararlo esto no va de jóvenes contra mayores. Todos hemos sido juniors y todos hemos necesitado una oportunidad. Va de la torpeza de algunas empresas al confundir potencial con capacidad demostrada, formación con oficio y juventud con talento automático. Incorporar gente nueva es necesario. Despreciar a quien ya sabe resolver problemas es menos inteligente.
Porque la experiencia no suele quedar tan bonita en una presentación. No brilla tanto en una entrevista. No viene envuelta en palabras modernas. Pero cuando el bambú no se corta, cuando el sable no se sabe utilizar y cuando el resultado importa, suele pasar algo curioso, terminan llamando a quien ya sabían que sabía hacerlo.Y que siempre sigue dispuesto a ayudar.
Al final, el bambú separa muy bien las expectativas de la realidad. Y la realidad no pregunta cuantos títulos tienes. Pregunta cuántas veces has hecho el trabajo cuando hacerlo bien importaba de verdad.
Feliz semana
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