Mira por dónde, ha tenido que ser un gato intentando ajustar un reloj el que me ha dado el empujón para volver a escribir en LinkedIn. Lo cierto es que tampoco tengo muy claro si el pobre animal está intentando cambiar la hora o directamente arrancar el reloj de la pared. Y sinceramente, cualquiera de las dos opciones me parece bastante razonable.
Porque sí, otra vez hemos cambiado la hora. Otra vez ese maravilloso ejercicio colectivo de obediencia por el que, dos veces al año, millones de personas modificamos nuestros horarios para adaptarnos a una decisión que cada vez resulta más difícil de entender. Alguien nos cuenta que es por el ahorro energético, por aprovechar mejor la luz natural y por una serie de beneficios que, a estas alturas, parecen tener más de tradición administrativa que de verdadera utilidad. Pero ahí seguimos, adelantando y retrasando las agujas como si estuviéramos participando en un experimento cuyo responsable, seguramente ya en otro barrio, lo inicio hace treinta años y nadie se hubiera atrevido todavía a desconectar la máquina.
Lo verdaderamente fascinante es que llevamos años hablando de eliminar este absurdo. Estudios, encuestas, debates, propuestas y declaraciones institucionales que terminan exactamente donde empezaron, en ninguna parte. Eso sí, para otras cuestiones bastante menos importantes siempre aparece una urgencia extraordinaria, una comisión de expertos o una decisión que debe adoptarse inmediatamente. Para algo tan sencillo como dejar de marear el reloj, por lo visto, todavía necesitamos unos cuantos lustros de reflexión.
Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos adaptando rutinas, horarios laborales, descansos y hábitos familiares a una medida cuyos beneficios actuales son, como mínimo, discutibles. Porque el tiempo no se gana ni se pierde por mover una aguja. Lo único que hacemos es cambiar la etiqueta de la hora mientras nuestro organismo intenta entender por qué hemos decidido modificarle las reglas del juego de un día para otro.
Quizá lo más irritante no sea el cambio horario en sí, sino esa extraordinaria capacidad que tenemos para mantener decisiones simplemente porque siempre se han hecho así. Una costumbre bastante extendida, por cierto, también en muchas empresas, donde cuestionar un procedimiento absurdo parece resultar más incómodo que seguir aplicándolo indefinidamente.
En fin, que el gato de la fotografía probablemente tenga más sentido común que muchos de quienes llevan años dándole vueltas al asunto. Al menos él parece dispuesto a hacer algo con el reloj.
Yo, por mi parte, vuelvo a escribir por aquí, pero prometo no intentar el tiempo perdido moviendo las agujas.
Y una última reflexión, si después de tantos años seguimos sin ser capaces de ponernos de acuerdo sobre qué hora queremos tener, quizá el verdadero problema no esté en los relojes, sino en quienes se empeñan en decidir por nosotros sin terminar de decidir absolutamente nada.
Lo verdaderamente fascinante es que llevamos años hablando de eliminar este absurdo. Estudios, encuestas, debates, propuestas y declaraciones institucionales que terminan exactamente donde empezaron, en ninguna parte. Eso sí, para otras cuestiones bastante menos importantes siempre aparece una urgencia extraordinaria, una comisión de expertos o una decisión que debe adoptarse inmediatamente. Para algo tan sencillo como dejar de marear el reloj, por lo visto, todavía necesitamos unos cuantos lustros de reflexión.
Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos adaptando rutinas, horarios laborales, descansos y hábitos familiares a una medida cuyos beneficios actuales son, como mínimo, discutibles. Porque el tiempo no se gana ni se pierde por mover una aguja. Lo único que hacemos es cambiar la etiqueta de la hora mientras nuestro organismo intenta entender por qué hemos decidido modificarle las reglas del juego de un día para otro.
Quizá lo más irritante no sea el cambio horario en sí, sino esa extraordinaria capacidad que tenemos para mantener decisiones simplemente porque siempre se han hecho así. Una costumbre bastante extendida, por cierto, también en muchas empresas, donde cuestionar un procedimiento absurdo parece resultar más incómodo que seguir aplicándolo indefinidamente.
En fin, que el gato de la fotografía probablemente tenga más sentido común que muchos de quienes llevan años dándole vueltas al asunto. Al menos él parece dispuesto a hacer algo con el reloj.
Yo, por mi parte, vuelvo a escribir por aquí, pero prometo no intentar el tiempo perdido moviendo las agujas.
Y una última reflexión, si después de tantos años seguimos sin ser capaces de ponernos de acuerdo sobre qué hora queremos tener, quizá el verdadero problema no esté en los relojes, sino en quienes se empeñan en decidir por nosotros sin terminar de decidir absolutamente nada.



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